
El Alquimista
Empezaré con la palabra en sí: Alquimia, del árabe Al-kimia y que tiene por significado “la química de Alá”, es decir, la química de Dios, o, podríamos decir, el compendio de la ciencia de Dios. Por lo tanto es una ciencia espiritual y trascendental y no, como se ha querido hacer ver durante siglos, una ciencia encaminada a convertir el plomo (u otros metales) en oro y, por ende, al enriquecimiento de los que logran la culminación de “La Obra” (Piedra Filosofal).
Continuaré por los adeptos (alquimistas): Personas que dedican su vida a un sólo propósito y que a través, o por medio, del estudio de los textos herméticos primero, de la comprensión de los mismos después y de la manipulación repetida ad infinitum de los elementos finalmente, tratan de conseguir la “TRANSMUTACIÓN”, con mayúsculas. Es decir, ellos como personas logran su propia transmutación y acceden a un nivel, digamos, de conciencia superior en el que al conseguir liberar el espíritu, despiertan. Y es así como logran la armonía y la integración con “el todo”. Por lo tanto acceden al CONOCIMIENTO, así con mayúsculas.
La ciencia moderna y no digamos ya la iglesia, obviamente, niegan cualquier posibilidad de que esto pueda ocurrir a pesar de los grandes avances tecnológicos, algunos de los cuales se parecen más a lo que los profanos entendemos por magia que a la ciencia. Sin embargo, si leemos algunos libros bien documentados sobre la historia de la Alquimia, vemos que muchos de estos descubrimientos y avances científicos ya habían sido adelantados por oscuros personajes años o siglos antes. Pero, hay una diferencia fundamental como queda dicho más arriba: La Alquimia es una ciencia que trata de orientar la energía espiritual, mientras que nuestra ciencia podríamos decir que no tiene “conciencia”. En palabras de uno de los hacedores de la bomba atómica: “Nosotros, los sabios hemos conocido el pecado”. Justo lo contrario de lo que trata de conseguir el Alquimista, de ahí el hermetismo con el que trabaja y con el que se comporta ante los demás. “Sería un pecado terrible revelar a los soldados el secreto de tu Arte”. (hace mil años que un alquimista chino lo dijo).
Se han escrito decenas de miles de libros de Alquimia, pero parece ser que a los científicos de hoy no les interesa para nada investigarlos. Y digo yo que aunque la mayoría de ellos sean obra de sopladores o impostores, seguro que unos cuantos son auténticos y nos podrían abrir otras vías de investigación. Claro que para eso habría que reunir un gran equipo formado por especialistas en muy diversas ramas de la ciencia: desencriptadores para los textos, físicos, químicos, filósofos, etc. Dificil, dificil. Al fin y al cabo, como dijo M. Eugène Canseliet discípulo de Fulcanelli que está considerado como el último gran Alquimista del siglo XX y al que los servicios secretos americanos se hartaron de buscar despues de la Segunda Guerra Mundial para que les contara algunos “secretillos”: “… estoy en condiciones de afirmar que puede lograrse la fusión atómica partiendo de un mineral relativamente común y barato, y ello mediante un proceso de operaciones que sólo requieren una buena chimenea, un horno de fundición de carbón, unos cuantos mecheros “Mecker” y cuatro botellas de gas butano”. Increíble, ¿no?.
Hay hechos incontestables y perfectamente documentados de los logros de la Alquimia, ya hablaré más adelante de alguno de ellos, que demuestran que, al menos, no debemos echar en saco roto las conclusiones de monsieur Canseliet, aunque nuestro conociniento, al menos el mío, no dé para desentrañar estos misterios. Así que me aplico la frase de Dante Alighieri: “Veo que crees estas cosas porque yo te las digo, pero no sabes el porqué; de modo que no por ser creídas permanecen menos ocultas”.
El calor hoy ha sido terrible

